Opinión: El fascismo, arma político-ideológica del imperialismo

Opinión: El fascismo, arma político-ideológica del imperialismo

Desde su origen, el nazismo fue la expresión más agresiva del imperialismo, en este caso específicamente del alemán, que venía despegando y consolidándose desde 1871, con la unificación de Alemania. El partido nazi, aunque con otro nombre, había sido fundado en 1919, y para 1921 Hitler era ya su líder. Después de algunos meses en la cárcel, lanzó su campaña en busca del poder, contando con el firme apoyo del gran empresariado, inicialmente escéptico. El 27 de enero de 1932 significó un hito en esta relación que desembocaría en la Segunda Guerra Mundial. En esa fecha, el empresario de la industria siderúrgica Fritz Thyssen organizó una reunión en el Club Industrial de Düsseldorf ante 650 magnates para pedir su apoyo al partido nazi, convenciéndolos de que solo este podría acabar con el comunismo.

En su discurso ante el Industrieclub, Hitler explicó que para recuperar la economía alemana en crisis y conseguir el necesario “espacio vital” (Lebensraum) para su expansión, había que acabar con el comunismo soviético y tomar el territorio ruso. Sin tapujos vendió a los empresarios su rabioso discurso anticomunista para convencerlos, y lo consiguió. El comunismo, dijo en aquella ocasión, representa el caos; el nazismo, el orden. Calificó al bolchevismo como “fuerza destructiva”, “régimen brutal” (¡Hitler hablando de brutalidad!), apto solo para “pueblos inferiores”, con bajo nivel cultural. Indudablemente, el eje central del nazismo estaba trazado: su rabioso y fanático anticomunismo. Y, consecuentemente, en la guerra dejó caer lo principal de su fuerza militar sobre la Unión Soviética.

Pero la reunión de Düsseldorf fue solo la consagración de la alianza. El proceso venía ya de antes. Como dice Antonio Ramos-Oliveira en su obra: en septiembre de 1930, “El nacionalsocialismo había ido a las elecciones con abundancia de fondos. La gran industria se mostró generosa con los nazis. Hitler, que hasta entonces solo contó con la subvención de Thyssen, había comenzado a recibir en la etapa de gobierno socialdemócrata [durante la República de Weimar, APZ] considerables sumas de toda la industria pesada” (Antonio Ramos-Oliveira, Historia social y política de Alemania, Fondo de Cultura Económica, Vol. 2, p. 41).

Y Hitler supo corresponder: el apoyo a los empresarios fue total e inmediato. A seis meses de ser nombrado canciller el 30 de enero de 1933, la emprendió contra la clase obrera: “Disueltos los sindicatos obreros, abolida la legislación social, reducidos los salarios, los capitalistas vivían ahora en cierto modo en el mundo con que habían soñado. El obrero estaba a merced de las empresas, privado del derecho de huelga, sin tarifas fijas de jornales, sin límite de jornada […] el 14 de marzo de 1933 había entrado en vigor una ley por la cual se encomendaba la dirección de toda la vida industrial de Alemania a doce capitanes de la industria pesada, entre ellos Krupp von Bohlen, Blohm, Röchlin, Enrich Hartkpol, Bruno Schüler y Alberto Vögler…” (pp. 80-83).

Era, pues, la absoluta pérdida de derechos de los obreros, sometidos al nuevo régimen, y el poder absoluto de los grandes empresarios: “… las rebajas salariales se presentaron enseguida […] en el primer año del régimen nacionalsocialista disminuyeron los jornales un 20 por ciento, los beneficios de los capitalistas aumentaron en un 100 por ciento  […] Krupp estaba fabricando ya material de guerra y podía ofrecer las cifras citadas [de ganancias] porque había rebajado los salarios, segundo porque el Estado le pagaba el material de guerra a precios excepcionalmente altos, y tercero porque había recibido fuertes subvenciones (Alfred Krupp von Bohlen pertenecía al partido nacionalsocialista desde hacía varios años)” (Ramos-Oliveira, pp. 83-85).

Mucha evidencia se ha acumulado sobre la relación orgánica entre el nazismo y el imperialismo alemán. Resumen Latinoamericano, publicó el 11 de mayo de 2025: “Una de las páginas menos conocidas de la historia del nazismo es su estrecha relación con la élite empresarial alemana. Durante los años 1930 grandes conglomerados industriales como Krupp, Thyssen, IG Farben y Siemens no solo financiaron la llegada de Hitler al poder, sino que también se beneficiaron […] estas empresas no solo sobrevivieron a la derrota del Reich, sino que se convirtieron en pilares del ‘milagro económico’ alemán de la posguerra”. Así se explica en buena medida la pronta recuperación de Alemania.

Otras fuentes detallan al respecto. La Izquierda Diario, de la Red Internacional, publica el 24 de mayo de 2021 un artículo firmado por Darío Brenman, donde expone: “Kodak, Bayer, Coca Cola, Nestlé, IBM, BMW, Adidas, Volkswagen entre otras, financiaron y apoyaron al régimen nazi antes y durante la Segunda Guerra Mundial con la complicidad de los países aliados”. Se destaca el caso de Henry Ford: “Los relevamientos históricos dan cuenta de la gran estima que se tenían Ford y Hitler. La relación era tan profunda que en 1938 se le regaló al magnate americano la Gran Cruz del Águila de ese país, la condecoración más alta que un extranjero podía recibir del régimen nazi”. Operan, pues, como piezas de un mismo engranaje.

Basado en un ensayo de David de Jong, reportero de Bloomberg y autor del libro y autor de Nazi Billionaires: The Dark History of Germany’s Wealthiest Dynasties, nytimes.com, 20 de abril de 2022, nos dice: “Ferdinand Porsche convenció a Hitler de poner en marcha las operaciones de Volkswagen. Su hijo, Ferry Porsche, quien hizo crecer a la empresa, se ofreció voluntariamente como oficial de las SS. Herbert Quandt, quien convirtió a BMW en lo que es hoy, cometió crímenes de guerra. También Friedrich Flick, quien llegó a liderar Daimler-Benz. A diferencia de Quandt, Flick fue sentenciado en Núremberg […] En la actualidad, dos de los herederos de la familia [Quandt] tienen un patrimonio neto de unos 38,000 millones de dólares, controlan BMW, Mini y Rolls-Royce [...] Los patriarcas de la familia, Günther Quandt y su hijo Herbert Quandt, fueron miembros del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán […] Tras el fin de la guerra, los Quandt fueron “desnazificados” en un proceso jurídico […] Junto con sus primos, los Piëch, los Porsche controlan el Grupo Volkswagen, que incluye a Audi, Bentley, Lamborghini, Seat, Skoda y Volkswagen. El patrimonio neto combinado del clan Porsche-Piëch se valúa en unos 20,000 millones de dólares”. En fin, ríos de tinta han corrido sobre esta perversa relación orgánica entre el gran capital alemán y el nazismo.

Así pues, aunque en apariencia el nazismo se presente solo como ideología o una perturbación mental de sus fanáticos partidarios, como pretenden hacernos creer los frívolos y los malintencionados, esencialmente hay algo más profundo. En su esencia se ocultan los intereses, esos sí muy tangibles, del imperialismo, en este caso alemán; en el fascismo de toda laya se expresa la necesidad orgánica de expansión de los grandes capitales, atropellando para ello al mundo entero, generando caos y sembrando muerte por donde pasa. El nazismo es la forma ideológico-política que adoptó el imperialismo alemán, con el propósito principal de combatir al comunismo, despojar de sus recursos a los pueblos débiles y enfrentarse a otras potencias imperialistas. En este caso estamos hablando específicamente de la variante nazi del siglo pasado. Sí, pero, al igual que las especies biológicas, existe el fascismo en su forma genérica, aunque con diferentes especies, como son hoy el sionismo israelita y el imperialismo estadounidense encabezado por Donald Trump, o los neonazis banderistas de Ucrania, herederos directos de Hitler y liderados por Volodimir Zelenski junto con sus siniestros batallones Azov, Sector Derecho y otros. Todas son formas de fascismo; todas son enemigas del socialismo, de las naciones débiles y del pueblo trabajador.

 

Texcoco, México, a 20 de mayo de 2026